¡Ya es primaveras en el Cortinglés!
mayo 27, 2010
¡yuppi!
El Primavera Sound cumple 10 años y eso me hace sentir fatal. Significa, como he leído esta mañana en un periódico gratuito, que es “un modelo consolidado”. Significa, si atacamos la misma idea desde el ángulo opuesto, que en 10 años no ha habido ni, a este lado, oposición suficiente ni, al otro, una experiencia lo suficientemente mala. Duele tanto por nuestra inutilidad como por su conformismo. Esperaba que al final la gente se hartase, por los motivos evidentes: por el precio, por esa cerveza cara, mala y caliente en vasos de plástico, por ese sentimiento de náusea ante el aborregamiento post-industrial planificado, por el empacho ante el surtido de bandas indie a granel, sin ton ni son, embozadas gaznate abajo mediante embudo publicitario.
Oh, sí, pensé que la gente se hartaría y volveríamos a ver a bandas de fuera en pequeños clubs y a precios razonables. Volverá lo bueno. Seguro que volverá. Tengo esperanza en la raza humana, se ve que aún no he releído a Gunter Anders las veces suficientes.
En algunas ocasiones, el reconocimiento de Lo Malo (entiéndase por ello la degeneración de nuestros usos y costumbres) me ha ayudado a realizar a previsiones acertadísimas y fundamentadas sobre lo que nuestro presidente del gobierno llamaría optimismo antropológico. Recuerdo hace más de diez años, cuando hubo el boom de macrohamburgueserías temáticas (Planet Hollywood, Supermodel’s, Tardà’s…) en las cuales servían ternera picada con aros de cebolla a dos mil pelas la ración, pronostiqué un crack empresarial del sector que aconteció pocos meses después de mi fatal augurio. Y es que donde se ponga un buen bocata de tortilla…
Igualmente, recuerdo también que, cuando recibí las primeras noticias del Primavera Sound agité esperanzado una fatwa contra sus promotores y la mercantilización de la música independiente, confiando en el buen criterio del respetable. Pensé algo como esto: igual que no hemos sido lo suficientemente gilipollas como para pagar 15 euros por una mierdosa porción de carne picada, tampoco tragaremos con este modelo de economía de escala de tamaño tan poco humano y tan poco disfrutable… Aún recuerdo mis primeras impresiones al enterarme del asunto: ¡Mil grupos en un descampao por ciento y pico euros! ¡Qué ganga! ¡¿Qué se creen, que pueden preparar foie con nuestro gusto musical?! ¡¿Qué piensan estos cabrones, que aún cabe Woodstock, que somos unos putos jipis descerebrados?! ¡Anda que van listos estos promotores!…
Pues sí. Sí que iban listos. Económicamente, han demostrado ser unos zorros mientras que yo, pobre tonto romántico, he demostrado estar definitivamente al margen de la economía y por tanto, fuera de la realidad. Mi pensamiento estaba fundado en dos proyecciones erróneas: la primera, atribuir a la mayoría alguna conciencia política de sus actos, y la segunda, creer que los asiduos a los conciertos, que los amantes de la música, iban a ser los únicos clientes potenciales de estos macroburdeles musicales a cielo abierto. De ahí mi desconfianza y mi posterior falta de acierto. No contaba con esos cientos de autobuses cargados de gentes “de provincias” y ganas de degustar algo sofisticado en la ciudad, ni con todos esos británicos que, ya de paso, vienen a cometer también algo de turismo. Y luego, claro está, tampoco contaba con los “fanes” descerebrados, que por ver a Sigur Ros interpretar su famosa pieza “swyzigirlinysxk dürtysitz” junto con la Filarmónica de Lechonia son capaces de dejarse arrancar toda la piel de la espalda.
Pero lo sorprendente no ha sido que toda esa colección de pobres inocentes, turistas de Leeds, fanes de Sigur Ros e indiepoppers quinceañeros, hayan picado el anzuelo, sino que en general, ha habido una aceptación de la propuesta casi sin fisuras. No se veía una expresión de consenso semejante desde los tiempos del sindicato vertical. Como si el mundo hubiese pasado décadas deseando la liquidación de los festivales gratuitos y los circuitos de salas de conciertos.
Esta es la parte que más me sulfura, porque creo profundamente que, en el pensamiento primero y en el papel después, hemos de ser sinceros. Es lo mínimo que podemos hacer si nos respetamos a nosotros mismos y le tenemos algo de cariño a la reflexión crítica y rigurosa. Podemos ser transigentes con la falta de coherencia, el difícil camino que lleva de la teoría a la práctica, pues quién más quien menos es un poco fulano en su quehacer diario, conduce un automóvil de combustión interna o admira a Bjork. No pasa nada, es aceptable, aquí no somos precisamente unos beatos. Sin embargo, en el dominio del pensamiento, hay que tener claro qué es cada cosa y no engañarse. Entrar en el Primavera Sound es una comunión, es tragarse un credo completo. Igual que no se puede ser “católico no-practicante”, como cantan algunos, pues la práctica está inscrita en la propia fórmula católica, no se puede desear un mundo DIY de cosas bonitas y autogestión y, a la vez, meterse en el primaveras como un pepe más.
Es decir: que soy capaz de perdonar que la mayoría acuda, pero no acepto otras justificaciones que no se parezcan al cristiano “perdoname, oh, Dios, porque he pecado”. Entiéndanme, no soy un moralista fanático: sólo soy partidario de que cada cual “sepa lo suyo” y que no andemos todos con un huevo en cada mano.
Este consenso abrumador que reza “tú también puedes ser un primaveras” no es difícil de comprender: se parece a todo lo demás. Sobretodo, hay que entender que el capital se reproduce ya en todos los ámbitos de la vida, y el ocio no es una excepción. Y ante ello, para no perder la chaveta, las gentes de bien han desarrollado todo un repertorio de escudos morales. Excusas de todo tipo y tamaño. “¡Que os tengo clichaos!” lanzaba el director de mi escuela cuando nos veía golfear por los pasillos. Pues bien: yo también les he clichao a todos, tanto que no puedo evitar hacer una breve categorización académica. Vamos allá.
Primero, está el argumento del “consumidor selecto”, que es aquel que va al primaveras pero que deja claro que va a estar sentado odiándolo todo –en ocasiones junto a su grupo de acólitos odiadores- hasta el momento en que actúen los Nasghul Rain en el escenario “vice”. Aparte, quiere ver un showcase (¡¿qué mierdas es eso del showcase?!) en donde actúa un grupo desconocido finlandés de trance-sludge-folk que solo él, odiador selecto que ignora el mundo a su alrededor, cree admirar en solitario en esta megápolis de cuatro millones de habitantes, la mitad de los cuales consume rock independiente seis veces al día.
Junto al odiador selecto, tenemos a otro parroquiano igualmente culto y distinguido pero que a diferencia del primero no se engaña tanto y reconoce estar haciendo el mal. Es aquel que apela al “placer culpable” (qué daño ha hecho ese invento de los guilty pleasures), que cree que “como el primavera es sólo una vez al año, pues me olvido de juzgarlo como se merece y voy porque, junto a toda la alta cultura que habitualmente consumo, también tiene cabida una debilidad como este festival chorra de macroescenarios y adolescentes borrachos”. El resto del año puede ser un tipo DIY, pero ah, en el primaveras se suelta el pelo…
La tercera categoría es aquella formada por gente posmoderna con carrera que comulga con todo tipo de teorías sobre la cultura de masas y que, por tanto, creen poder ubicarse en estos lodazales con la distancia de un académico y sin mojarse las botas. Es aquella borregada erudita que teoriza sobre el último zurullo televisivo y que cree que, a base de sobreinterpretación sociológica, van a dignificar la mierda. Acomplejados, siempre desean que sus cosas sean también arte y cultura (¡el cómic también es arte! ¡los videojuegos también son cultura!), como si el Arte y la Cultura no fuesen los vehículos habituales del vacío nihilista actual. Ya conocen todos esos foros en los que redactores de Mondo Brutto o comentaristas pop supuestamente “críticos” hablan maravillas de la última bobada de promoción colonial que nos ha endilgado hollywood. Por supuesto, ellos también tienen coartadas para el disfrute del primaveras, al que juzgan sólo técnicamente como arqueólogos que admiran una construcción etrusca. Ellos irán allí y luego nos contarán en sus blogs que “la iluminación fue deficiente” y que los stands de San Miguel “carecían de usabilidad”. Junto a ellos, un gran séquito de entendidos teóricos del pop, notarios de la cultura popular, darán fe de cada nota que salga de esos amplificadores de tamaño egipcio.
Obsérvese que todas las coartadas primaverales llevan implícito un afán de diferenciación, “yo no soy como la masa que va a la mierda del primaveras”. Soy superior, diferente. Yo saco del primaveras el poco jugo que tiene. Yo teorizo sobre Artic Monkeys con argumentos de Derrida, yo cuelgo en mi blog una reseña de los Gorrillazz en donde los dejo mal… Y dense cuenta de que al fin y al cabo, esto no es más que la vergüenza expresada en forma de circunloquio moral, de autoexculpación.
Pero vayamos al quid de la cuestión. ¿Porqué tanto odio? Bueno, pues precisamente por lo que les decía antes: porque esta no es más que una expresión de la voracidad del capital. Una más. Y tengo odio para todas ellas, así como amor infinito hacia todo lo demás. Y porque me imagino perfectamente el momento en que los promotores, a la luz de un iMac en un lounge bar del Born, le explican la idea a sus espónsors o a un inversor: el cálculo de riesgo, la previsión de público interesado y la inversión inicial necesaria. El mismo estudio de mercado que se haría para abrir cualquier otro negocio. Y en este caso, es aún peor, pues se trata de todo un desembarco: una estrategia de reordenación del mercado aplicando economía de escala. Como los grupos “indies” no son U2 o Shakira (verdaderos símbolos de La Rentabilidad del espectáculo), traigamos a cien para poder seguir haciendo negocio como lo hacemos con U2 y con Shakira. Un solo esfuerzo organizativo, un espacio de dos hectáreas, un caché equivalente (sólo que distribuido entre cien grupos) y ya lo tenemos. Todo un modelo de negocio. O la liquidación de lo que antes era nuestra pasión nocturna: diversa, imprevisible, pequeña, paladeable… al guano todo ello, vente al primaveras.
Hay otros aspectos igualmente detestables en el negocio: los contratos de exclusividad, el uso de un espacio con la carga simbólica negativa del forum, los esponsors… pero todos ellos empalidecen al lado de la inmensa maniobra de capitalización, centralización y monopolio que es el festival en sí.
10 años del primavera, sí, pero algunos no tenemos nada que celebrar.
A vueltas con la Diagonal
mayo 11, 2010
Vayamos a las claras: voy a participar en la consulta sobre la Diagonal y voy a votar la opción A. ¡Oh, qué lamentable, un anarquista embaucado por el caramelito municipal! Pues sí, aunque parcialmente. Y supongo que ahora toca argumentarlo todo mucho. Bien, pues no perdamos más tiempo.
Supongo que lo primero sería hacer una breve explicación de cómo hemos llegado hasta aquí. La línea corta queda descrita por un abrupto descenso de la popularidad de Hereu, motivado sobretodo por la degradación de las zonas museificadas y turistificadas, que el alcalde intenta salvar a la desesperada con las olimpiadas de invierno (¡¡en Barcelona!!) y con esta ofensiva de obra pública consensuada.
La línea larga de la explicación, sin embargo, trazaría un recorrido algo más extenso: desde las iniciativas europeas de pacificación de la ciudad (véase Londres, Berlín o Amsterdam) hasta el plan del PSC de liberar a Barcelona de ruido, polución y hacerla, en definitiva, más apetecible para el visitante (en su concepción del espacio urbano, a los vecinos nos pueden dar mucho por el culo). En los últimos años, con la peatonalización de grandes áreas de la ciudad, el ayuntamiento ha comprobado cómo se conseguían tres efectos diferentes, todos ellos muy desables: primero, la recolocación del tránsito turístico sight-seing -de cámara al cuello, mapa en mano y monedero lleno- a las zonas pacificadas; segundo, la articulación espontánea en las zonas peatonales de grandes ejes comerciales, retículas de centros comerciales a cielo abierto de notable éxito económico (contra el credo empresarial cegato de “no-cars-no-money”); en tercer y último lugar, se ha comprobado que, lejos de colapsar las áreas circundantes a las zonas peatonalizadas, la pacificación de grandes zonas de la ciudad desincentiva el úso del automóvil y promueve el uso del transporte público (y además, invalida malos augurios como las habituales y malintencionadas proyecciones del parque automovilístico actual a las áreas pacificadas). Por supuesto, y aunque estos efectos sean en cierto modo positivos, no pueden encuadrarse dentro de la vocación de servicio público del ayuntamiento. Todo es, sencillamente, una coincidencia. En este caso concreto, al contrario de lo que suele suceder en el resto de dominios de la vida cotidiana, los intereses de la pequeña burguesía socialdemócrata coinciden con los del populacho, que ve como su ciudad gana unos cuantos enteros en “habitabilidad”.
Es decir: que por un lado tenemos la historia de “redención” política de un imbécil que quiere mantener a flote su proyecto de ciudad-empresa y por el otro un plan urbanístico-político-empresarial perfectamente estructurado.
Ahora, tras dar cuenta de las “líneas” históricas que convergen en la reforma, surge de ellas una gran incógnita: respondiendo como responde el proyecto a los intereses del PSC en tanto que garante del conglomerado turístico y tecnológico instalado en la ciudad ¿cómo puede ser que los medios de la burguesía catalana hayan estado salvajemente en contra de la reforma? ¿Como puede ser que El Periódico y La Vanguardia hayan aludido al “caos viario” y al “derroche presupuestario” durante meses -y a razón de artículo a doble página diario- para convencer al respetable de la inconveniencia de la reforma de la Diagonal? ¿Por qué es la primera vez que estos medios ondean estas preocupaciones tan ecológicas, tan socialistas y tan poco burguesas? En realidad, esto es fácil de responder: porque la burguesía catalana (o al menos, toda la que no representa al sector más dinámico vinculado al turismo y la tecnología) está exactamente allí, en la Diagonal: la Cámara de Comercio, el Círculo Ecuestre, las oficinas de la Vanguardia, la sede de Convergencia i Unió (C/Córcega a 50m de Jardinets), los despachos de abogados más ilustres (Cuatrecasas, Roca…), la mitad de los notarios de Barcelona, el Banco de Sabadell… Y ahora: ¿cómo están acostumbrados a moverse todos los habitantes de estos los principales nódulos del capital catalán? Otra vez, una respuesta fácil: motorizados en sus vehículos de cinco plazas y gran cilindrada.
Atravieso dos veces cada día en autobús el tramo expuesto a la reforma, y sé exactamente qué se mueve en la Diagonal. En transporte público, personal administrativo de los despachos de profesionales y personal de servicio (mayormente, mujeres bolivianas, ecuatorianas y marroquís). En transporte privado, una inmensa tropa de hombres encorbatados conduciendo solos. ¡Qué formidable cantidad de gilipollas viajan solos por los carriles centrales de la avenida en sus fantásticos automóviles oscuros! ¡Qué fantástico ejército de cincuentones blancos con sobrepeso y con atrofia en la glándula que inhibe la vanidad en el córtex cerebral!
Son los que ahora atacan desde los medios con argumentos como “¡oh, ahora no es el momento de reformar la Diagonal!”, “¡Hay crisis!”, “¡Hereu se ha vuelto loco!” ¿Ein? ¿Mandee? ¿De qué coño estáis hablando? ¿De donde viene esta súbita sensibilidad contra el urbanismo faraónico? ¿Dónde estaban todos ellos mientras nos endosaban el AVE, el Forum o las circunvalaciones salvajes que ha perpetrado el PSC en su fúnebre trayectoria política? Esta sensibilidad esconde muy mal enormes intereses de clase, y es que la preocupación principal es en realidad esta otra: ¿cómo llegaré a mi despacho de la notaría desde mi casita en Vall d’Oreig?
Los dirigentes y empresarios siempre han distinguido entre lo “caro” y lo “costoso”: cuando les toca pagar a ellos, hablan de “lo caro” y esto siempre es inconveniente; por otra parte, lo “costoso” se asocia a un “esfuerzo de modernización”, al “sacrificio que hace la sociedad catalana”, etc, etc. Lo “costoso” no les ha preocupado nunca. Por eso no cuelan sus razones. Que ahora, espontánea y episódicamente, manifiesten alguna sensibilidad social es una auténtica paparrucha. Ellos se han mantenido siempre físicamente al margen de toda reforma. Lo habitual es que ellos fomenten las reformas y que éstas les beneficien (por ejemplo, abaratando el transporte de mercancías y mejorando la tasa de beneficios) pero nunca que les afecten: los mandamases y los profesionales de élite habitan sus propias áreas arboladas, como las ardillas, o se mueven por zonas desconflictivizadas como Pedralbes y Sant Gervasi. No salen demasiado de su burbuja, pero sin embargo ahora, una colisión entre centros de interés del capital va a reventar su precioso espacio virginal… Como decía antes, se trata de algo parecido a una “guerra civil” dentro de la burguesía. El sector socialdemócrata representado por el PSC, vinculado a las TIC, la restauración y el turismo, se enfrenta al democristiano de CIU, vinculado a las finanzas, el mercado inmobiliario y los servicios económicos y jurídicos.
De forma inaudita, el plan de los primeros consiste en arrinconar al automóvil (de 8 carriles a sólo 2 y de servicios), mejorar el transporte público (conexión del tranvía) y ceder espacio a los peatones con una media de cinco metros más de acera por proyecto (tanto el A como el B). ¿Es esto bueno o no es bueno? Por una vez en la vida, lo sensato y lo ecológico se ha aliado contra los intereses de un sector que me parece profundamente odioso. En estas condiciones ¿Cómo quieren que me abstenga? Quedarse al margen odiándoles a todos, aunque me apetece, sólo va a conseguir que la Diagonal se quede como está: una avenida sin vecinos, enferma de humo y ruido.
Y si no triunfa la reforma, como comentaba un amigo hace poco, lo mejor es que dinamiten entera y dejen que crezca la maleza.
Siempre será mejor que lo que hay ahora.