1. No dejo de imaginar ‘casus belli’. Qué chispazos podrían desatar una nueva gran deflagración. Me explico: si observamos con detenimiento el momento económico actual –desempleo rapaz, endeudamiento total, estancamiento final-, está claro que ha llegado la hora de otra gran guerra. Durante el siglo XX, coyunturas como la actual se resolvieron siempre enviando al frente a los muchachos, es decir, a toda la mano de obra sobrante. Además, mientras haya una guerra, nadie osará cuestionar a los gobernantes. Hay que ser patriota y tal. Nadie se acordará de los ineptos que nos llevaron a esta ruina cuando haya que “arrimar el hombro”, “fer pais” y toda esa mierda. No te preguntes lo que puedes hacer por tu país sino lo que tu país puede hacer por ti, o al revés, ya no me acuerdo… De modo que, como decía antes, no dejo de imaginar casus belli. Un disparo a Obama o Sarko en plan Francisco Fernando, serviría. O un asalto al Banco Central Europeo reventando a Trichet frente a las cámaras. ¡Plumbaa! ¿Y qué les parecería un ataque con drones a la Cámara de los Lores? Pero claro, como consecuencia, y por cojones, habrá que reventar de nuevo la periferia de los países progresados. Entre blancos no está bien matarse. Ya se hizo y fue traumático. Y encima luego se creó Israel. El problema es que andamos escasos de villanos. Prácticamente, ya sólo queda Armadill-O-Jack. Habrá que decirles a los de la CIA que vuelvan a disfrazarse de árabes, porque el ejército está desmotivado y las rivalidades europeas ya no dan para tanto… De paso, otra guerra serviría para terminar de rapiñar los pocos recursos energéticos que quedan. No se escandalicen, hombre. En Washington llevan tiempo pensándoselo.

2. El Consorci de Turisme de Barcelona, es decir, los empresarios del sector turismo junto con cuatro burócratas de la Diputación de Barcelona, han decidido que 9 de cada 10 Barceloneses estamos a tope con el turismo. Wuuu-huuu (sé que no pueden verme, pero en estos momentos estoy haciendo el saludo surfero a unas belgas que salen del Museu del Barça).  Esto ha sido justo después de que el Gremio de Paragüeros de España (el GPES) haya determinado que a 19 de cada 20 españolos le gustaría ir con paraguas más a menudo si sólo lloviera un poco más y de que el Gremio de las Empresas de Galvanización (el GEG) haya difundido un estudio que demuestra que, si la gente pudiera, 4 de cada 5 ciudadanos galvanizaría más. En fin, que esto da pereza ya comentarlo de tan tonto y tan económico que es. Y discúlpenme por abusar de los sinónimos. Hicimos un fanzine entero sobre el tema hace casi un par de años. Además, un comentarista de la noticia de El Periódico ha hecho un resumen bastante gracioso del asunto:

 Pues hay otra estadística igual de creible que dice que 25 de cada 10 Barceloneses estamos hasta los h…de la masificación del turismo en nuestros barrios, que encarecen los precios, ensucian, gritan y mean borrachos de noche y de dia y caminan como borregos por las calles haciendo fotos y comprando e camisetas de Messi.

25 de cada 10. Jaja. Me encanta.

3. Igual que hay infinidad de sistemas informáticos que controlan la producción de cualquier cosa en tiempo real, propongo sustituir a nuestros gobernantes por un software ad-hoc. La idea es suprimir el gobierno, como hizo Lex Luthor en DK2, El Señor de la Noche Contraataca, y que de vez en cuando pongan un video de una rueda de prensa de un busto parlante que diga las sandeces habituales: la crisis ya casi ha pasado, nuestras previsiones son crecer un 3, estamos negociando un nuevo pacto social para garantizar el empleo y, cuando toque, feliz navidad o ¡qué bonita que fue la transición! Con esas cuatro o cinco frases/variables, tendremos un gobernante más decente que cualquiera de los ciborgs que se presentan a las próximas elecciones. Como ven, no hace falta que sea un software muy sofisticado. Creo que lo mejor sería poner a un perrito adorable como líder y gobernante, algo chachi, étnico y abrazable como Obama. Un muñequito en 3d tan tierno que cuando diga “cinco mil funcionarios menos mañana” te den ganas de lanzarle un beso o una galletita de pellejo seco de ternera. Si les hace felices, en este momento de austeridad monacal, pueden interpretar todo esto como una medida antidéficit. ¡Qué mejor recorte que no tener gobierno! O mejor: tener un gobierno automático. Con un contrato de mantenimiento relativamente barato podríamos tener a Bubbi gobernando un par de décadas, durante las cuales, además, podría prepararse a su sucesor, un conejito llamado Pongui. No es ninguna broma (o sí, pero no del todo). Hoy nos hemos convertido en una colonia alemana (no, 4711 no; me refiero a parte del imperio financiero alemán), que a su vez es una colonia de Goldman Sachs, y aquí ya no se decide nada de nada. Ya no hace falta que ahí arriba sigan haciendo como que hacen:

-Espera espera, que voy a sacar un reglamento para regular los horarios de las pistas municipales de petanca.

-No, tío, no: se te ha acabado el tiempo. Ahora gobierna Bubbi.

Los políticos –repitiendo esos ruines eslóganes de inevitabilidad “no hay alternativa” o “lo piden los mercados”- llevan tiempo negando la posibilidad de la propia política, que es la acción para la que se pretenden válidos. Si, según ellos, no hay opción. ¿Para qué coño nos sirven? Si sólo pueden hacer lo que está mandado, automaticémoslos, que para eso somos hijos del posfordismo. Long live Bubbi…

Superproducción

septiembre 21, 2011

Me reconocerán que viene siendo bastante habitual, sobretodo desde que comenzó esta crisis, encontrar artículos en donde un gran experto en ciencias sociales (generalmente con un background marxista) nos explica que el capitalismo lleva consigo unas contradicciones tan grandes que es raro que a fecha de hoy aún no haya implosionado.

La contradicción primordial es que el capitalismo funciona con una determinación suicida en base al estímulo que el plusvalor y los beneficios siempre crecientes suponen para inversionistas y empresarios (ah, y para los “emprendedores”, esa humanización bonachona del empresariado); y que dicho estímulo no se pueden mantener perpetuamente porque a partir de un momento se deberán reducir los salarios para conseguir tal fin, con lo cual se pondrá menos dinero en circulación, y a su vez  se reducirá el consumo y llegaremos al fin a la siempre inminente crisis de superproducción. Es decir: ¿Y ahora qué hago yo con estos cuatrocientos mil automóviles? ¿A quién se los endoso?

Primero se nos pone a producir y luego a consumir lo producido. Este sería el círculo perfecto si no viniese el egoísmo, un valor implícito en el capitalismo, a desequilibrar el ciclo. Quiero más, dice el empresario: ¡que los pepes cobren menos, ya se apañarán! Pe… pero, Sr. Smithers…  ¡Se quedarán sin dinero para comprar sus automóviles!… esta viene a ser la versión michaelmooresca del asunto, en plan Chomsky-for-children. No me negarán que la narración es sólida. Hasta podríamos hacer con ella un corto de animación. Este temor a la superproducción es, además de esencialmente cierto, una narración muy conveniente porque, a la vez que evoca el caos de la sociedad postindustrial, nos concede cierto aliento. Nos da la razón. Saca a la luz un gran sinsentido de la economía actual: producir por producir, sin importar qué o para qué. En cierto modo, da esperanza. Nos permite pensar que al final estos cabrones se estrellarán y tendremos que venir los de abajo a organizarlo todo de una forma mejor…

El problema que existe con esta teoría de “la crisis de superproducción” es que es fundamentalmente incompleta. O más exactamente, que no se trata de una teoría sino simplemente de una variable más (como los principios teóricos de la economía liberal). El temor a la superproducción ha funcionado como un antiestímulo, una crisis de fe. Los más ricos, o buena parte de ellos, han dejado de creer en el capitalismo clásico y en la expansión de la economía de producción. Ello ha contribuido enormemente a la precarización y a la deslocalización en estos últimos veinte años. Y es que durante mucho tiempo, una vez los medios de producción ya se encontraban razonablemente perfeccionados, y ante la imposibilidad de producir más para vender más, la única forma de aumentar beneficios ha consistido en atacar los salarios…  En segundo término, y como consecuencia de este abandono de la industria, se ha desatado la búsqueda de refugios seguros para la reproducción del capital, lo cual ha incentivado la burbuja inmobiliaria y la multiplicación de las sociedades de inversión y los derivados financieros.  En cierto modo, es como si el sentido común –la cabal intuición de que la producción industrial y la tecnologización de su gestión conducen a un exceso de producto- hubiese hecho su trabajo.

Pero fundamentalmente, como decía antes, la crisis de superproducción explica sólo una porción de la realidad económica -la producción-, cuando hace unos cuantos años ya que la producción, el dinero anclado a la fabricación de cosas, ha sido desplazado como eje primordial de creación de riqueza por la titulización, la representación del dinero en productos financieros con cada vez menos anclaje en la riqueza real.

La explicación de la siempre inminente crisis de superproducción da perfecta cuenta del peligro ecológico y social que representa el capitalismo en las democracias progresadas, aquellas en las cuales los que tienen ingresos regulares, los potenciales clientes de la economía de producción, ya tienen cubiertas las principales necesidades (inmueble, comida refrigerada y climatización) e incluso las necesidades aumentadas (el ipad, el curso de tai chi y el ocio planificado). En el resto del mundo, sin embargo, esta teoría funciona sólo como una predicción, y por tanto entra en el terreno de la economía-ficción. Desplacémonos a Asia, por ejemplo, y hagamos conjeturas sobre las probabilidades de implosión, de que esta contradicción de la superproducción termine con el capital cuando hay 800 millones de chinos, 300 millones de paquistanís y 500 millones de indios sin automóviles, refrigeradores y televisiones… Yo no lo veo nada claro. Habrá que esperar 80 años, cuando todos los asiáticos se hayan convertido ya en trabajadores precarios, endeudados y poseedores de todas las comodidades del mundo progresado; entonces sí, ya no habrá nada nuevo que vender y la mitad del mundo se desmoronará. Se suprimirá la producción de miles de millones de cosas, miles de millones de hombres perderán su empleo, escaseará el combustible, horribles mutaciones genéticas pasearán por las calles en busca de cerebros y las plantas se comerán las ciudades… Bueh… Lo cierto es que ni yo ni nadie tiene ni puta idea de lo que pasará dentro de 80 años. Igual se sigue produciendo a lo burro porque se ha desarrollado para entonces una obsolescencia programada instantánea en la que los aparatos electrónicos duren sólo media hora antes de derretirse y caer por entre nuestros dedos… (¡El Sueño de Steve Jobs!).

En realidad, el peligro de la superproducción seguirá siempre allí, e impulsará la desindustrialización de Asia antes de que los expertos se den cuenta. Principalmente, porque los expertos cargan una gran losa ideológica que les impide entender lo que sucede: les mola lo que hay. No sé si por comodidad o falta de imaginación. Observen los principales procesos sociales y económicos negativos que han acontecido a finales del siglo XX y principios del presente y que han desencadenado la crisis: la deslocalización, la financiarización, la precarización… Todo les ha pillado cagando. O mejor dicho: siendo optimistas. Sólo han sido capaces de interpretar la realidad a posteriori. E incluso este diagnóstico forense lo han hecho con el culo. El caso es que, desde que se han abierto las puertas del infierno, ellos sólo han acertado a balbucear las mismas incongruencias basadas en las mismas patrañas neoliberales. Hay que “mejorar la productividad” (como si los países más productivos del mundo hubiesen escapado a la crisis), hay que “invertir en I+D+I” (como si fuera necesaria la mejora de procesos de producción que ya producen de forma suficientemente rápida), hay que “regular el tráfico financiero” (como si fuese posible devolver todo el capital inventado, todas esas representaciones financieras absurdas que multiplican por 20 el PIB mundial, a la forma primitiva de la “acción” sobre una empresa), necesitamos más “emprendedores” (¿¡más empresas, pero sois gilipollas o qué!?). Etcétera, etcétera.

La forma de atajar esta huida hacia adelante ya la conocemos casi todos (menos, al parecer, los expertos). Es muy fácil: repartir la riqueza, trabajar menos, consumir menos y vivir mejor. Pero torciendo el cuello hacia atrás y observando en manos de quién estamos, ya no me parece tan fácil… me temo que habrá que esperar a que haya unos cuantos millones de víctimas más…

Dos notas sobre la reforma

septiembre 1, 2011

Un par de cosas que, así a botepronto, se me ocurren sobre el actual desaguisado antidemocrático:

1. Limitar el déficit impedirá, lo entiendo, que se pueda recurrir al endeudamiento para financiar políticas sociales. Políticas sociales y no sociales, ojo. Meter más polis en los barrios o poner otro centro de formación en inutilidades para jóvenes sin rumbo, por ejemplo, también se hace a base de endeudamiento. La orientación del gasto, las prioridades del pueblo, son lo que realmente debería decidirse abajo, y no el método contable para ajustar las cuentas. Y es que de hecho, poner un límite al gasto es hasta cierto punto lógico. Yo no gasto más de lo que ingreso por puto sentido común. Me uno a los liberales en esta consideración, pero mi punto de vista tiene truco. Es, de hecho, opuesto al suyo. Creo que hace falta generar más ingresos y sobretodo, generarlos de otra forma para no requerir ese déficit: hace falta cambiar por completo la política fiscal y gravar a muerte a los cabrones que nos mantienen con estos salarios de miseria y en estos puestos de trabajo de mierda. Que paguen los que mantienen este altísimo grado de desigualdad social a base de inversión financiera y plusvalía salvaje. También creo que hay que nacionalizar toda actividad económica que sea rentable per se, todo aquello que no dependa del marketing y de las modas de consumo. Principalmente, la industria funeraria (¡a ver quién es el guapo que, con su libertad de consumidor, decide no morirse!), el alcohol, el tabaco, las drogas y el pastoreo de turistas, por ejemplo. Todos estos sectores a los que nunca les faltará consumo. Si los empresarios del gran dinero quieren emprender, que lo hagan en sectores inestables y que lo hagan por su cuenta y riesgo, así podrán mantener una actividad en consonancia con su discurso del riesgo y del enterpreneurship.

2. Es divertido comprobar hasta qué punto en las alturas se han acostumbrado a hacer suyas las cosas de la economía, que son por extensión las cosas de la política estatal, pues no hay posibilidad de política estatal sin dinero que la financie. Esta ha sido, durante muchos años, una dictadura muy bien encubierta. Hagamos “la nuestra” y que pasen por la urna cada cuatro años, que el pueblo no es capaz de entender las cosas del dinero. ¡Fíjate los presupuestos, un camión lleno de papeles con números! ¡Oh, y el déficit, y la balanza comercial, y el PIB! ¡Quién puede aclararse con toda esa parrapla técnico-escatológica! Si incluso a ellos que nos gobiernan, que son gente preparada, con estudios, tienen que darles cursillos rápidos cuando llegan al poder, imagínense a la doñita de la mercería o al instalador de carpintería de aluminio que bebe brandy y compra el Marca. Esta es una idea nauseabundamente paternalista. Una idea que políticos profesionales, economistas y otros expertos en la complicación de lo simple llevan décadas imponiendo.  Hasta qué punto se ha interiorizado la tecnocracia, la exclusividad elitista de la democracia liberal y progresada, que incluso cuando se requiere una reforma constitucional para imponer una decisión económica, el pueblo está excluido. Pero de todas formas, tampoco me cuadran esas actitudes de sorpresa (¡oh, reforma sin referendum, tongo!) que han dado muchos agentes de la política estatal cuando este siempre ha sido un Estado muy poco democrático, por mucho que le pese a los portavoces de la CT. Sus instituciones se parieron en dictadura y su texto constitucional fue gestado por tecnócratas y ex-ministros franquistas (sólo a tiro pasado, y con amenazas veladas de algarada si fracasaba el sí, se procedió a su legitimación). Recordemos que La Consti se funda sobre ideas tan poco democráticas como el Nacionalismo Español (esa idea colonial de una Castilla extendida), la democracia bicameral -una forma sofisticada de decir: que gobiernen las élites- y la Monarquía (hola a todos, soy El Rey de España… ¿qué, cómo les suena?). Que en este contexto, y con el bipartidismo que nos rige, no se pueda votar una reforma constitucional, a mí me parece infinitamente normal. Tan normal como erróneo.

Dicho todo esto, y como no soy un cínico, me encantaría pese a todo que la limitación del déficit se sometiese a referendum y, por supuesto, que saliera NO. Pero lo bonito, lo realmente bonito y práctico, sería que nosotros decidiésemos lo que hay que llevar a referendum.

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