He aquí una verdad tan grande que hasta tiene patas y camina sola:

Hemos magnificado tanto la producción que estamos obligados a repartir un bien tan escaso como es el empleo. El trabajo no es sólo un asunto económico, sino antropológico. Hemos creado un tipo de sociedad por donde sólo se circula si hay dinero; y hemos ideado un tipo de hombre que sólo alcanza dignidad y reconocimiento si trabaja. Si eso es así lo que no podemos es urbanizar el mundo y destinar hasta el último rincón del Amazonas a la producción y luego decir que no hay trabajo para todos; no podemos construir un tipo de ser humano que se realiza transformando el mundo gracias al trabajo y luego desentendernos de quien no lo consiga. Hemos llegado a un punto en que la justicia no consiste prioritariamente en distribuir equitativamente el bien común cuanto en repartir el trabajo.

Reconozcamos que no es fácil asumir que trabajaremos menos porque eso va a significar que ganaremos menos y que, por tanto, consumiremos menos. Para reconciliarnos con el futuro que nos espera habría que valorar mejor el gesto gratuito, el no hacer nada productivo, es decir, la contemplación o el verbo.

Obsérvese que se le ha dado forma de supositorio para penetrar el recto del cuerpo social

A estas alturas, con ejemplos tan dispares como el revólver o las redes sociales, creer en la neutralidad tecnológica es, realmente, como no haber pensado nada nunca. Como si estuviésemos dispuestos a rechazar, más allá de la situación actual, la historia misma. No son suficientes N millones de cadáveres prematuros agujereados por pequeñas cápsulas de plomo. No es de recibo certificar los déficits de atención que sufren nuestros jóvenes o la frivolización de los contenidos en nuestras conversaciones, periódicos y debates. El revólver hace agujeros en las personas. Las redes sociales sustituyen a la taberna. Y no comparo. Son nuestros inventos y sus consecuencias, en dos ámbitos tan dispares como representativos.

Pero ¿Son los revólveres y las redes sociales neutrales? No, es la destrucción del hombre, física y espiritualmente, por balas y avatares, por nicks y explosiones de pólvora. No hace falta esperar a una nueva era para admirar, como el ángel de la historia de Walter Benjamin, la desolación del pasado mientras volamos ciegos hacia delante. Hoy y aquí, es posible observar estas cosas mientras pasan. Claro que hay técnicas de supervivencia moral que lo hacen francamente difícil, porque cuando un rayo de clarividencia nos engancha desprevenidos, lo evidente queda rechazado por evidente, aunque sea cierto. Es mucho más cómodo entregarse al consenso que admirar los descosidos de la realidad y entrever qué hay debajo.

¿Que todo es técnica y que la tecnología sólo es la instrumentalización de la técnica? De acuerdo ¿Y qué? No hablemos en dos planos distintos. Este es un escrito moralista, anti- periodístico, de alguien que no cree en la neutralidad y que no se deja convencer por descripciones científicas. Las descripciones científicas suelen ser siempre neutrales mientras los objetos de dichas descripciones raramente lo son. La tecnología puede ser lo que ustedes quieran, pero yo les hablo de lo que debería ser, que es algo bien distinto. Si ustedes certifican frente a mí que hace falta una cantidad inimaginable de tecnología para mover el mundo como se mueve, mi respuesta es inmediata: ¿y qué necesidad hay de mover el mundo así?

Hace poco leía un artículo de Michael Hudson para CounterPunch. Hacía leña del árbol caído. Y hoy día no hay árbol más caído que los economistas, portadores de una ciencia que contabiliza cualquier cosa o cualquier aspecto de nuestras vidas para monetarizarlo y hacerlo intercambiable. ¿Es esto neutral? Hudson acusa de la siguiente manera: “Hoy en día prácticamente todos los economistas reconocidos son producto de esta revolución anticlásica, que yo mismo me siento tentado a llamar revolución contra el análisis económico per se. Los profesionales reconocidos de la economía descuidan de modo uniforme las condiciones sociales previas y las consecuencias de la actividad económica humana.”. Pero este ataque se centra en un gremio que, honestamente, ya no va a volver a levantar cabeza. ¿Quién va a volver creerse a esos charlatanes que se anuncian trabajadores de una ciencia predictiva y que sólo se han demostrado capaces de predecir a posteriori? En las tribus, al Chamán que falla demasiadas veces, lo lógico es quitarle el cetro de huesos y ponerle a trabajar el campo. Ala chaval, haz tus predicciones por ahí mientras riegas los nabos.

Pero yo no quiero hablar más de economistas. Que les den mucho por el culo a todos. Yo lo que quiero es extrapolar el lanzamiento de Hudson y echárselo en cara a los tecnófilos y a la aplastante mayoría de ciudadanitos que todavía creen que la tecnología es liberadora y que ha venido a simplificarnos enormemente la vida. Esto, en ocasiones, pudiera ser así (… aunque no sé yo), pero abrazar esta consideración sin matices, como una ideología, y apartarla del debate deliberadamente es un comportamiento tan religioso como intolerable. El uso de tecnología se ha sustraído, a sabiendas, tanto de las condiciones sociales previas como de las consecuencias de su implantación. Su neutralidad es forzada como intencional. ¿Y esto porqué? Pues no sólo por la existencia de un mundo cateto y separado (el científico), con sus facultades y foros obstinadamente estancos e ininteligibles. Sobretodo, porque precisamente, para codificarse como producto e inserirse en el mercado, la tecnología debe ser apartada de todo debate social, que sólo podría conllevar o bien la ralentización de su proceso de incorporación al mercado o bien la erradicación total de la propuesta -con lo cual adiós mercado-. En consecuencia, la tecnología tiene que ser neutral. Sí o sí. No valen remordimientos a la hora de comprarse la wii o de adquirir veinte bonos del estado por Internet.

Es por ello que Miquel Amorós, siempre que puede, recuerda algo tan de cajón como un método para la aceptación (o el rechazo) de la tecnología. Nos propone que veamos todas las características del instrumento, y no sólo sus especificaciones técnicas: en qué contexto se desea implementar (ecológico, capitalista, industrial…), quién defiende su uso (corporaciones, políticos, colectividades…),  a quién va a servir (clases medias, dirigentes, élites…) y qué ventajas comparativas ofrecerá (qué nos ahorra, qué sacrifica, qué tiempo usa, qué impacto urbano tiene…). Sólo después de haber valorado todos estos extremos colectivamente (¡nada de expertos!) deberíamos atrevernos a implementar una nueva tecnología. Su idea es una sociedad que consiga ”eliminar toda la técnica que sea fuente de poder, la que destruya las ciudades, la que aísle al individuo, la que despueble los campos, la que impida la aparición de comunidades, etc., en fin, la que amenace el modo de vida libre.”. No hablamos de una sociedad paleolítica.

O me dirán que, por poner un ejemplo flagrante, si se hubiese sabido (o, por lo menos, discutido) quién iba a transitar principalmente en el tren bala (ejecutivos y burócratas), de qué forma iba a descapitalizar el tren convencional, de qué forma iba a saturar de obras nuestras ciudades y de qué manera iba a cuartear los campos de por ahí afuera, la sociedad lo hubiese aprobado. Igualmente, en el caso del automóvil, si hubiésemos desestimado su expansión en base a la previsible progresión demográfica y el daño al medio ambiente, nos hubiésemos evitado el colapso de la mobilidad y la inmensa capacidad de soborno que han adquirido las compañías automobilísticas (¡dáme más dinero o me voy a Chequia!). Y la única consecuencia de su inexistencia sería una mejor red de tren y un mejor cuadro cardiorrespiratorio gracias a la bicicleta. Además, habría más espacios vírgenes, menos contaminación, ciudades más humanas, menos ruido, menos peligrosidad y menos ríos contaminados. Ahí es nada.

De hecho, la implantación a machamartillo de la tecnología es algo tan prescrito desde las cúpulas del poder –tanto Capital como Estado- que para su viabilidad no se duda en disparar contra soldados propios si es necesario. Ahí tienen ustedes a la industria editorial a punto de suicidarse en pos de un nuevo formato “más tecnológico” (y cuya reproducción es incontrolable). ¡Un verdadero triunfo de la industria de producción de soportes sobre la industria de producción intelectual! Igualmente, y ya termino, podemos alzar el cadáver de la industria discográfica y, esta vez con gusto, mirar su cara ensangrentada para celebrar: ¡mírate, imbécil, ya te lo dije! Pero esto es sólo un consuelo momentáneo, ya lo he apuntado antes, pues estos sacrificios del Gran Dinero sólo sirven para relanzar con más fuerza mayores y más perniciosas industrias.

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