¡Venga Equipamientos!

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julio 22, 2009 por carlosalonsoromero

A finales de los 80 y principios de los 90, se inició la remodelación de la Zona Franca en Barcelona. Una operación de saneamiento social y urbanístico no declarada. Como en todos estos casos, el Ayuntamiento interpuso causas ajenas a sus verdaderos motivos. Según ellos, no se trataba tanto de eliminar las comunidades de gitanos y payos charnegos, que pese a tener viviendas con techo, vivían literalmente en la calle y a base de trapicheos de todo tipo. No, para el ayuntamiento era “dinamizar” la zona como “enclave logístico”. Un enlace entre la ciudad y el puerto de mercancías. También se habló, como siempre se habla cuando se destruye un tejido social molesto, de “dignificar” el barrio. Son muchos años de socialdemocracia aplicada. Muchos años de jerga mentirosa. Así, las casas unifamiliares, la convivencia a pie de calle se cambió por edificios de siete plantas y un nuevo entramado de calles más expuesto al asalto rápido de las fuerzas del orden. Antaño un coro de voces daba el aviso en caso de redadas. Ahora ya no había lugar para ello. Ese desmantelamiento sacudió sobretodo el punto de abastecimiento de heroinómanos, una zona de viviendas sociales denominado Las Casas Baratas. Junto a Can Tunis, las Casas Baratas eran el destino del peregrinaje de los muertos vivientes. Desde todos los puntos de Barcelona, hacia allá viajaban con sus caras cadavéricas, con sus andares programados, como dirigidos por un gran mando a distancia. Otro pico, otro pico…

La suma de operaciones de demolición/dignificación hizo cada vez más difícil el narcotráfico en la zona sur de Barcelona y desplazaron el grueso del negocio hacia la zona aledaña al Aeropuerto, en concreto, hacia el barrio de San Cosme, en El Prat del Llobregat. Con esta gran traslado de operaciones, el barrio de Sant Cosme, compuesto fundamentalmente por gitanos y trabajadores emigrantes –en el propio Sant Cosme hay un inmenso polígono con un buen puñado de fábricas (Cervezas Damm, Cadbury, Ibercarretillas…)-, comenzó a padecer fortísimos conflictos sociales. Una amplificación desproporcionada de los que habitualmente se derivan del consumo de heroína: pequeños hurtos, robos con violencia, intimidaciones… En poco tiempo, los desencuentros entre los vecinos se “racializaron” en un esquema básico de payos vs. gitanos. Se registraron un buen número de palizas a drogadictos y de trifulcas entre ambas comunidades. Sobretodo en la zona conocida como la de las Casas Blancas, frente a la Cervecera Damm. Como consecuencia se creo un frente vecinal contra el narcotráfico cargado de fuertes consignas racistas y se organizaron patrullas vecinales.

La solución, como siempre, vino de arriba. Y fue, por lo que se puede ver hoy, todo un acierto a corto plazo. Un acierto siempre según el criterio de la sociología de gobierno, que mide el éxito de sus políticas por la inexistencia de conflictos violentos. La verdad es que la solución no distó demasiado de la impuesta en Can Tunis o en las Casas Baratas, sólo que en Sant Cosme hubo un cierto respeto por el (des)orden urbanístico preexistente. En diez años, la socialdemocracia ha hecho un despliegue de recursos que no he podido ver en ninguna otra zona del área metropolitana. Este barrio de El Prat ha pasado a alojar una de las mayores comisarias de los Mossos d’Esquadra, uno de los mayores centros cívicos de Catalunya (más de 3.000 m2), un ambulatorio nada despreciable, dos escuelas públicas nuevas, una sede de juzgados también nueva, una zona verde gigantesca… Todo junto a edificios remodelados y/o reconstruidos, sobre aceras nuevas y con plazas de parking gratuitas para todo quisque. Es cierto que la mayoría de estos equipamientos no me parecen ninguna mejora en absoluto, pues mi percepción es contraria a la de la mayoría, pero viendo todo lo que se ha hecho, no me extraña que se haya logrado una relativa docilidad con la transformación del barrio. La verdad es que, del Sant Cosme que yo visité hará trece años a este de hoy media un abismo. Pero el saldo dista mucho de ser positivo. Es una huída hacia delante. El barrio sigue viviendo inmerso en el desempleo y la economía informal. Los mercadillos de objetos robados surgen espontáneamente aquí y allí. La población gitana sigue al margen.

Si algo ha demostrado el estallido de la banlieu francesa es que la construcción desmesurada de equipamientos y edificios públicos no es ningún antídoto contra la exclusión social, y que pese a que se preserve con garantías la salud de la comunidad y se asegure una educación pública para todos, cuando no hay acoplamiento entre una zona y la economía terciaria (el único sector superviviente en la liquidación actual), nadie está a salvo del desempleo. ¿Servicios? ¿Turismo? ¿En Sant Cosme? ¡Por el amor de Dios! Y por si fuera poco, lo que queda de la industria en El Prat padece hoy ERE tras ERE. En el último año han cerrado tres grandes empresas. El cierre más sonado: Cadbury (Trident). 170 personas a la calle. Acordaos de ello cada vez que mastiquéis sus infames nuevos chicles 2.0 con sabor a brisa mediterránea y jengibre fresco con hierbabuena y estragón.

Sant Cosme ha quedado como una mina de mano de obra precaria para el Aeropuerto. Una inmensa zona de cobro de prestaciones sociales. Ahora bien, da gusto caminar por sus calles y comprobar el inmenso despliegue presupuestario con el que les ha bendecido la socialdemocracia. A decir verdad, da un gusto bastante cabrón y primermundista. Lo pone todo en perspectiva: esto es todo lo que puede llegar a hacer la socialdemocracia por alguien. Por lo menos, los parados podrán practicar bailes de salón ¿verdad?

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