Discursos de la crisis

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octubre 8, 2009 por carlosalonsoromero

crisis

Como siempre -¡no puedo evitarlo!-, en lo que más me he fijado de esta crisis es en el discurso dominante y sus mentiras:

1. En España hay un 20% de paro mientras en el esto de Europa la crisis ha hecho incrementar los porcentajes hasta una media del 10%. Esto se debe a dos motivos muy claros: primero, que España es, junto con Italia, el país con mayor economía informal, hecho que, dicho sea de paso, no tiene nada de cultural: la tradicional explicación de la proliferación de “chapucillas” y “mercadillos” no explica realmente nada. Y es que a la intencionada pasividad de la inspección de trabajo (lo cual no sorprende, pues su labor es consustancialmente contraria a la “creación de riqueza”), se une, sobretodo, el sector de la limpieza doméstica, nunca indagado, nunca regulado. Y segundo: que el crecimiento, los años de bonanza, fueron tan falsos como esta crisis. Cuando un país llega a tener el doble de viviendas que de habitantes ¿hacen falta más explicaciones?

2. He dicho que la crisis es falsa, pero esto quizá sea una exageración. No me atrevería a echárselo a la cara a un afectado por un ERE. Es más: ni siquiera me atrevo a echármelo en cara a mí. Me refiero en realidad a que la crisis, por su propio significado, parece haber legitimado por contraste el periodo inmediatamente anterior a ella. ¿Y acaso hemos olvidado ya lo que había antes? Antes de la crisis, ya éramos una sociedad de mileuristas (más de la mitad de la población trabajadora) embrutecidos por el trabajo asalariado. Disponíamos de menos de un tercio de nuestro tiempo diario y nos ahogábamos para pagar inutilidades a crédito. ¿Es a eso a lo que queremos volver? Vuelvan ustedes, si les apetece.

3. En este sentido, parece que hemos entrado en un periodo de “restauración”. Las administraciones lanzan el socorrido exhorto a la cohesión social: arrimemos todos el hombro para poder estar como antes… Y es que la llamada sabiduría popular entorpece el análisis. “No es hora de hacer leña del árbol caído”, intentan encubrirse. ¡Discrepemos! Es más: ahora que el árbol podrido ha caído en medio de la calle, debemos despiezarlo con saña. Por lo menos, dialécticamente. Es hora de recordar que, antes de que llegase la crisis, ya se empezaban a notar los descosidos de la realidad que ahora pretenden restaurar. Que no queremos una economía de “ciclos bonanza-crisis” determinados por automatismos, decisiones en las alturas y representaciones de dineros que representan a otros dineros que representan a otros dineros…

4. Y si bien la crisis no es completamente falsa, sí lo es una buena parte. Hace unos días charlaba con un conocido, empleado en una fábrica de robots para producción industrial. Me comentaba que, con la crisis, “nos estamos forrando”. Lo hacía así, en primera persona del plural, como si fuese socio de la SL y no un puto asalariado. Ya conocen ese recurso retórico popular para exorcizar la guerra social. En su aclaración fue dolorosamente meridiano: la mayor parte de empresarios se escudan tras la crisis para robotizar y despedir. Ahora que los sindicatos se han rendido y hay un consenso social sobre “la gravedad de la situación”, la crisis es una buena excusa para hacer todo lo que les viene en gana. Y la maniobra me es muy familiar. La empresa que me emplea lleva todo el año despidiendo a trabajadores en forma de goteo. Hoy dos, mañana uno, pasado mañana tres. Despide, sobretodo, a personal con antigüedad y buenos salarios consolidados. Alega que hay crisis, pero por lo bajo reemplaza al personal despedido con chavales de veintidós años y vocacionalmente mileuristas. En su jerga, a eso se le llama reducción de la masa salarial. Y no tiene nada que ver con la crisis. Sencillamente, se están colocando en sus puestos para salir primeros en el próximo ejercicio económico.

5. La crisis parece haber desatado el deseo de “mundos nuevos”. Y al respecto, fijemos ahora el embate también contra los discursos laterales: concretamente “decrecimiento” y “energías alternativas”. Hablar de decrecimiento es, de nuevo, reconocer que queremos lo mismo pero en pequeño. Y no, no es eso: en general, queremos otra cosa. E igual sucede con el discurso ecologista de las energías alternativas. Pretender con molinos de viento y placas fotovoltaicas la eficiencia (y la rentabilidad) de la combustión o la fusión es hacerles el juego. No hay que competir en cuanto a eficiencia y rentabilidad. Si iniciamos esa discusión, siempre vamos a salir perdiendo. No se trata de atender la actual demanda energética por otros medios. Estoy harto de escuchar a gurús explicando que, cubriendo la mitad del sáhara con paneles solares, se puede abastecer al mundo. Quitando hierro a la inviabilidad y a la injusticia de la propuesta (¿porqué no cubrir el estado de Nuevo México?):  ¿Abastecer al mundo enero para qué? ¿Para que siga así? No, no, no, no, no. Hay que dejar de producir tanto, desarmar sectores enteros y, para sostener todo esto, no nos queda otra que colectivizar la riqueza. Y sobretodo, descentralizar. Que cada uno sepa y administre lo que gasta y que, en la medida de lo posible, su entorno inmediato sea capaz de suministrárselo. En esta mentalidad sí que encajan acequias, aljibes y placas solares, como también encaja la arquitectura popular: climatización natural, paredes gruesas y buena orientación de las construcciones. En realidad, como puede verse, la única solución pasa por echar al guano la rentabilidad y la eficacia. Es la economía la que debe someterse a las capacidades de la naturaleza, y no al revés.

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5 pensamientos en “Discursos de la crisis

  1. Hola:

    Unos apuntes:

    Decrecimiento es lo contrario de crecimiento, empequeñecer es lo contrario de engrandecer.

    Creo que más que colectivizar la riqueza (material), hablaríamos de eliminarla y buscar otras formas de enriquecernos -mediante los bienes relacionales por ejemplo-.

    La economía no debe de someterse a la Naturaleza sino formar parte de ella. Pienso que nuestra lucha, es la lucha contra todas las formas de dominación.

    alegría y ternura

  2. carlosalonsoromero dice:

    Reconozco que el movimiento por el decrecimiento es, por lo menos, un decir “parada y fonda”. Y más: también es querer recular. No es que le tenga tirria ni nada parecido. Me gustan sus intenciones pero, por decirlo de algún modo, no me bastan. Por eso insisto, yo es que no quiero que la cosa decrezca. Quiero que sea otra.
    Con riqueza, me refiero a lo que sea que consideremos riqueza. Aunque sí, puede que sea mejor eliminar la palabreja. Recuerda a Adam Smith y a cosas peores.
    Un abrazo.

  3. gambi dice:

    embrutecidos por el trabajo asalariado ??

    Disponíamos de menos de un tercio de nuestro tiempo diario y nos ahogábamos para pagar inutilidades a crédito ??

    Lo hacía así, en primera persona del plural, como si fuese socio de la SL y no un puto asalariado- jajaja, para mi lo mejor del post..!!

    Es la economía la que debe someterse a las capacidades de la naturaleza, y no al revés.

    gran verdad

  4. Walter Benjamin dice:

    El conformismo, que desde el principio ha estado como en su casa en la socialdemocracia, no se apega sólo a su táctica política, sino además a sus concepciones económicas. Él es una de las causas del derrumbamiento ulterior. Nada ha corrompido tanto a los obreros alemanes como la opinión de que están nadando con la corriente. El desarrollo técnico era para ellos la pendiente de la corriente a favor de la cual pensaron que nadaban. Punto éste desde el que no había más que un paso hasta la ilusión de que el trabajo en la fábrica, situado en el impulso del progreso técnico, representa una ejecutoria política. La antigua moral protestante del trabajo celebra su resurrección secularizada entre los obreros alemanes. Ya el «Programa de Gotha» lleva consigo huellas de este embrollo. Define el trabajo como «la fuente de toda riqueza y toda cultura». Barruntando algo malo, objetaba Marx que el hombre que no posee otra propiedad que su fuerza de trabajo «tiene que ser esclavo de otros hombres que se han convertido en propietarios». No obstante sigue extendiéndose la confusión y enseguida proclamará Josef Dietzgen: «El Salvador del tiempo nuevo se llama trabajo. En… la mejora del trabajo… consiste la riqueza, que podrá ahora consumar lo que hasta ahora ningún redentor ha llevado a cabo». Este concepto marxista vulgarizado de lo que es el trabajo no se pregunta con la calma necesaria por el efecto que su propio producto hace a los -trabajadores en tanto no puedan disponer de él. Reconoce únicamente los progresos del dominio de la naturaleza, pero no quiere reconocer los retrocesos de la sociedad. Ostenta ya los rasgos tecnocráticos que encontraremos más tarde en el fascismo. A éstos pertenece un concepto de la naturaleza que se distingue catastróficamente del de las utopías socialistas anteriores a 1848. El trabajo, tal y como ahora se entiende, desemboca en la explotación de la naturaleza que, con satisfacción ingenua, se opone a la explotación del proletariado. Comparadas con esta concepción positivista demuestran un sentido sorprendentemente sano las fantasías que tanta materia han dado para ridiculizar a un Fourier. Según éste, un trabajo social bien dispuesto debiera tener como consecuencias que cuatro lunas iluminasen la noche de la tierra, que los hielos se retirasen de los polos, que el agua del mar ya no sepa a sal y que los animales feroces pasen al servicio de los hombres. Todo lo cual ilustra un trabajo que, lejos de explotar a la naturaleza, está en situación de hacer que alumbre las criaturas que como posibles dormitan en su seno. Del concepto corrompido de trabajo forma parte como su complemento la naturaleza que, según se expresa Dietzgen, «está ahí gratis».

  5. Alberto dice:

    La crisis económica no existe. No es en buena parte falsa es totalmente falsa.

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