La crisis de la sociedad industrial

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junio 23, 2010 por carlosalonsoromero

Ahora, con la bendita crisis, se vuelve a hablar de economía y noto que algunos cerebros a mi alrededor chirrían intentando comprender. Lógico. Un desinterés tan prolongado (¡toda una vida!), conduce -con mucho esfuerzo- a una comprensión rudimentaria. Es como intentar mover una cometa soplando. Supongo que por eso que la gente sólo repite lo último que ha leído. Y te sueltan aquellos corolarios de “lo ha dicho el Presidente del Banco de España”, un señor que no ha visto un pobre en diez años. Además, la economía es lo que es: supercherías, mixtificaciones y análisis superficial fundado en interpretaciones parciales. De ochenta variables, agarro estas cinco, les pongo un símbolo griego y aparento conocimiento científico… Pero tampoco se les puede pedir más: ni siquiera Vicenç Navarro, que suele mostrarse preclaro y desentrañar las falsas narraciones de la prensa, puede quitarse la economía de encima para hablar de forma enteramente coherente.

En uno de sus últimos artículos, hablando de los falsos argumentos que se esgrimen para promocionar la reforma laboral, argumenta que el problema de fondo no es la estructura legal del mercado de trabajo sino la parquedad de los salarios y el insuficiente consumo que estos generan (la escasez de demanda):

Lo que múltiples estudios científicos han mostrado es que la causa más importante para que se cree o destruya empleo es la demanda que los empresarios tienen sobre los bienes y consumos que producen. El mundo empresarial no expandirá su plantilla a no ser que haya un aumento de los productos que produce y vende. Y esta es la situación en España. El mundo empresarial tiene delante un problema grave de escasez en la demanda. El problema del paro no está en el mercado de trabajo, sino en la baja demanda y en el tipo de demanda y producción. Y la escasa demanda se debe a dos temas que el énfasis en el mercado de trabajo está ocultando. Uno es la excesiva polarización de las rentas en Europa y en España. Las rentas del trabajo han disminuido en la UE de una manera espectacular, mientras que las rentas del capital se han incrementado enormemente.

Como se ve, según Navarro, un aumento de los salarios conllevaría más consumo, más consumo conllevaría mayor producción y mayor producción conllevaría más empleo. El razonamiento es impepinable, pero se queda a medio camino.

Como sociedad casi post-industrial, gran parte de nuestra economía se basa en servicios: tenemos todo el florilegio de profesiones liberales y prestación de servicios diversos, desde el gran repertorio de tratamientos new-age del “self” (cursos de autoconocimiento, talleres de sexo tántrico, reuniones tupper-sex…) a la industria del ocio y la cultura, el turismo o la inmensa maquinaria de producción de necesidades (marketing, publicidad, producción audiovisual derivada…). En este sector se ratifica absolutamente la tesis de Navarro. Los salarios altos ponen mucho dinero en circulación y cuanto más dinero hay en circulación, mayor es la “necesidad” de consumir imbecilidades y de comprar aire en lata.

Pero esa es sólo una parte de la economía. En el resto de sectores, la tesis de Navarro sólo es parcialmente cierta. La equivalencia mayor producción = mayor empleo no se cumple en un buen número de casos. Si no se robotizase tanto, si no se concentrasen las corporaciones según las fórmulas habituales de economía de escala (concentrando funciones, eliminando trabajadores redundantes) y si la producción no se encontrase tan deslocalizada, la tesis de Navarro tendría mejores asideros. Todas estas circunstancias dan mucha flexibilidad al capital, que puede aumentar la producción incrementando mínimamente la contratación de trabajadores.

Llega un punto en que resulta muy complicado mejorar los procesos productivos. En ese punto, la inversión en mejoras tecnológicas, logísticas y organizativas suponen mayor desembolso que el ahorro que supondrían aplicadas incrementando la productividad. La historia anterior a la financiarización demuestra porqué se hizo este salto al vacío. La confianza ciega del empresariado y de la tropa neoliberal en la solución tecnológica y el i+d ha sido sólo un discurso. Porque mientras sostenían esta narración, movían las fábricas a Filipinas y el dinero se elevaba, se escapaba del corsé productivista y se hacía financiero, volátil. La segunda respuesta al colapso de las tasas de beneficios, después de la financiarización, fue la “acumulación por desposesión”. La precarización extensiva; la etnización y feminización del trabajo esclavo.

Todo esto lo tienen ustedes perfectamente narrado y argumentado en Fin de Ciclo, de Isidro López y Emmanuel Rodríguez . Yo no me extenderé más sobre el asunto. Háganse con ese ensayo. Es lo más esclarecedor que he leído en tiempo.

La cuestión es que probablemente Navarro tenga bastante razón en la resolución técnica de ese dilema económico: ¡aumentemos los salarios! ¡mejoremos la protección social! ¡Oh, sí, nena! Pero no hay que perder de vista este otro dilema ¿dónde nos deja la solución al dilema económico propuesta por Navarro? Pongamos que, haciéndole caso, se arreglan los salarios y podemos volver a producir a lo burro, a consumir aún más a lo burro y a hacernos tratamientos de peeling con sales de mar muerto y extracto de calabaza de normandía… ¿Qué habremos resuelto? Desde luego, un montón de gente podrá volver a pagar cuotas de la hipoteca, y los problemas de estrés se reducirán. No es poca cosa, de acuerdo, pero mirando un poco más allá, seguiremos enmerdados en los mismos problemas de siempre: crecimiento, superproducción, colapso ecológico y, en definitiva, la miseria espiritual que nos hace querer adquirir un automóvil, llevar a nuestros hijos al sónar-kids o a darnos baños de chocolate bajo la atenta mirada de un especialista en tonificación y relajación cutánea.

Durante el siglo pasado no se cesó de escribir y pelear con la ayuda de una interpretación dialéctica y materialista de la historia. Fue necesario, sí, pero la “lucha de clases” resultante ensombreció otro debate no menos importante: está bien que luchemos por al propiedad de los medios de producción, comparto esa obsesión, pero… esos medios, una vez sean nuestros ¿qué van a producir? ¿Y serán realmente tantos productos necesarios? ¿Y será conveniente producir ochocientos productos idénticos? ¿Y hará falta tanto esfuerzo, tanta porción del día, tanta población dedicada, para lograr algo que nuestros ancestros hacían en dos o tres horas al día? Porque díganme, ahora que la mitad de los procesos están robotizados y controlados por sistemas de gestión: ¿qué hemos ganado? ¿En qué gastamos el tiempo que nos ahorran los sistemas automáticos de producción? ¿Porqué un 20% de desempleo es malo? ¡Yo propongo un 80%! El único problema aquí es el trabajo y su salario. El querer contarlo todo, remunerarlo todo y suprimir así cualquier forma de supervivencia autónoma.

Está claro que, en el hilo del debate sobre la crisis, la sociedad industrial no está en cuestión. Partidarios y detractores de la reforma laboral discuten de algo más inmediato: la supervivencia del sistema. Cómo podemos putearnos los unos a los otros para que, aunque todo siga igual de mal, por lo menos siga… Supongo que estamos condenados a trabajar produciendo inutilidades. Sí: fabriquemos veinte millones de coches más que otros ya trabajarán para convencernos que realmente necesitamos veinte millones de coches más. ¡Prueba el nuevo GT! ¡Los primeros tres años gratis! ¡Te regalamos un llavero mp3!

Claro que soy consciente de la coyuntura actual y la dimensión estratégica del asunto: las causas de la crisis no son tales, nos están estafando otra vez y la reforma laboral apesta. Si no hacemos huelga, si no pedimos mayores salarios, no sólo no vamos en dirección contraria a una mejor organización social sino que, además, damos más poder a quienes tienen esta sociedad hecha unos zorros. Y la cosa no está ahora como para hacerse el anarcoprimitivista. No, claro que no. Pero las cosas que son ciertas deben estar siempre sobre la mesa. Lo que no se puede hacer es criticar a la economía burguesa desde dentro de la economía burguesa. Son argumentos boomerang. Dentro de diez años volveremos a estar igual y los expertos, Navarro incluido, volverán a echar mano de las variables económicas para explicar este descalabro moral. Un triunfo sobre la base ideológica que esgrimen los sindicatos mayoritarios o sobre el argumentario de Vicenç Navarro sólo será una vuelta a 2006 ¿y no se acuerdan ustedes de lo tremendamente enfadados que estábamos en 2006? ¿Se han olvidado ya del rollito antiglobalización y de Carlo Giuliani? ¿Alguien se acuerda de lo que es un anticapitalista? ¿Nadie se emocionó con El Manifiesto Contra el Trabajo?

Luego está, sobretodo, el asqueroso tono conciliador de Navarro, destinado a mostrar a los de arriba que sus intereses (mayor producción, más productividad, mayor tasa de beneficios) y los nuestros, los de abajo (mayor salario, más seguridad), pueden llegar a converger  e incluso llevarnos a trabajar en una agradable sinergia por el bien común. Es un discurso complaciente que despista mucho, puesto que pone al mismo nivel moral la posición del explotador y la del explotado. Y para defender sus tesis, compara nuestro Estado con otros Estados avanzados en los que la explotación se sobrelleva con más concesiones y menos rigor empresarial.

Yo, como siempre, digo que NO a todo. Y espero que llegue la huelga para hacerla a mi aire, lejos de las pancartas de todos esos burócratas pactistas y, sobretodo, para hacerla con otras intenciones.

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7 pensamientos en “La crisis de la sociedad industrial

  1. Isidro dice:

    Lo de Navarro es algo parecido a lo que pasaba en “Goodbye Lenin”, se quedó sopa en la Suecia de 1970 y no hay manera humana de que se despierte.

    A mi me saca especialmente de quicio cuando habla de inmigración. Coincidiendo con la versión oficial de la caída de los salarios reales a lo largo de la última década (Boyer la sacaba ayer a relucir en su celebrada entrevista en Público), la culpa la tienen los emigrantes por “aceptar” trabajos peor remunerados. La conclusión es que, como yo le he oído decir, “hacen falta fronteras fuertes para proteger a la clase obrera”.

    Además de que esta afirmación lleva inmediatamente a preguntarse que entiende Navarro por clase obrera.Esta lectura hace abstracción de que la caída de los salarios reales se inicia después de la crisis de 1992, mucho antes de que aquí hubiera un sólo inmigrante. En fín, que lo que no ve el ceporro de Navarro es que lo que baja los salarios es la falta de fuerza colectiva para negociar y no la inmigración per se.

    Cuando a Navarro se le saca el tema suele sacar como argumento concluyente que “esta era la postura de los sindicatos suecos en los años sesenta y setenta”. Que este hombre, rigido y dogmático, sea el intelectual orgánico de la izquierda actual, dice mucho del estado de los intelectuales organicos y de la izquierda.

  2. Daniel dice:

    Igual como sucede con “experto 2.0”, la etiqueta “intelectual de izquierdas” es prácticamente una garantía de encontrarte a alguien cuyos textos son aburridos, sosos, desorientados y llenos de lugares comunes.

    Hay algo que esta intelectualidad defiende con pasión: el trabajo. Al contrario del beneficio capitalista, al que se ve como algo pérfido, el trabajo es un bien a proteger, a aumentar, y la utopía es llegar a un 100% de trabajo entre los 18 años y los 67. Hay que trabajar. Si eres un “joven artista” se te tiene que ayudar para que “salgas adelante”, lo cual presupone que no tienes suficiente con hacer lo que ya haces: “expresarte”, sino que además es necesario que consigas ganarte la vida con la mercancía de tu arte, lo cuál es equivalente a que esa producción artística sea tu trabajo. Pagar la hipoteca con cuadros de arte moderno, este es el camino.

    Además hay que trabajar en cosas de “alto valor añadido”, para ser cuanto más competitivos mejor. Recoger lechugas es una excentricidad, aunque algunos más ecologistas sí lo valoren. Hay que potenciar el conocimiento. Los jóvenes tiene que aprender cuantas más cosas mejor para que no perdamos competitividad; si nos “relajamos” y aprendemos sólo 3 idiomas, ¡qué será de nosotros!, los coreanos y chinos nos superan, debemos aprender un cuarto idioma, mejor si es asiático (por supuesto deben ser idiomas con los que se haga negocio, el quechua no es estratégico).

    Debemos competir entre países para conseguir estar arriba en la liga económica mundial. Formación, consumo, todo de bienes cuanto más modernos mejor! ¿Cómo? ¿Tienes un MP3 que sólo reproduce música, y no películas? ¡Es obsoleto! Y la grabadora de vídeo de tu móvil, ¿de cuántos megapixels es? Ésta es la absurda carrera en la que tenemos que participar, porque esto es “lo que toca”. Si lo hacemos así, conseguiremos por fin salir de esta grave crisis que (sólo desde el segundo semestre de 2008) nos atenaza. Porque el círculo vicioso en el que estamos sumidos es “terrible”: este verano, posiblemente haya zonas de la costa donde la ocupación hotelera baje ¡hasta 10 o 20 puntos porcentuales! ¿Podrá nuestra nación sobrevivir a esta dura prueba? ¿Podemos permitirnos que las playas de Menorca, en pleno agosto, estén medio vacías? ¡Qué desperdicio! ¡Y aún suerte tenemos del anuncio de la Damm!…

    En fin… todo lo que reactive la economía es bueno. Todo lo que no es económico no cuenta. En la montaña hay que hacer deportes de aventura. Los inmigrantes o “los necesitamos” (qué burros eran nuestros abuelos, ¿cómo narices podían vivir sin inmigrantes) o nos reducen los salarios. Los niños deben aprender a participar en el ciclo producción-consumo. Y para que todo ello cuadre (porque es la única opción), tenemos que crecer cada día más, trabajar mucho, y luego por supuesto hacer vacaciones en las cuáles consumamos relajación, cambio de aires y sensación de libertad. Y todo eso también nos lo ofrece, a cómodos plazos si queremos, el mercado. El espectáculo debe continuar.

  3. carlosalonsoromero dice:

    Qué gracia me has hecho con esto del Quechua.

    Recuerdo que un día(¡abueloooo!), en mi segunda o tercera entrevista de trabajo hará ya más de una década, el entrevistador preguntó con el currículum delante:

    -Veo que eres bilingüe…

    Y yo:

    -Sí, y además hablo inglés!

    Y el tipo me miró como si acabase de hacer un chiste malo… No era mi intención: sólo que al hombre, el catalán no le parecía un idioma, y yo no interpreté bien su pregunta.

    Me hace gracia que uno de los lemas de una campaña de promoción lingüística que hizo la gene el año pasado tenía el eslogan:

    El català, una llengua pels negocis!

    O sea que cuidadín: no sólo me sirve para hablar con toda mi familia y amigos sino que además ¡sirve para los negocios!

  4. Isidro dice:

    Hombre, lo de “intelectual de izquierdas” está muy en desuso. No hay miedo de topar con muchas personalities que acepten sumisamente la calificación (aunque en el fondo hagan lo mismo: pontificar). Yo lo utilizo porque Navarro, como parte de su narcisismo fósil, es de los pocos que está encantado de verse a sí mismo en esa categoría.

    Otro intelectual de izquierdas era Saramago.

  5. Daniel dice:

    Isidro, obviamente si nos cernimos al significado no contaminado por el contexto mediático, puede ser que haya una persona a quien se pueda considerar “intelectual”, porque “pensó”; y también “de izquierdas”, aunque esa definición es mucho más elástica. Así, György Lukács podría ser considerado un “intelectual de izquierdas”, y también Naomi Klein; y sus análisis no tienen el mismo nivel de interés. Yo estaba pensando más bien en los típicos escritores que van de progres. En las secciones de política de las librerías se pueden encontrar bastantes.

    En general una persona mínimamente inteligente no va a querer ser considerada un “intelectual”, por lo que de especialización del pensamiento implica; ni tampoco va a estar contento con el calificativo de “de izquierdas”, porque en el 2010 ya no tiene demasiado sentido – básicamente porque casi todos los que se reclaman de izquierdas o centro-izquierda hacen y piensan lo mismo que casi todos los que se reclaman de derechas o centro-derecha; o, por supuesto, simplemente de centro.

    No es mi intención descalificar globalmente; hay que ir caso por caso. Pero sí habrá en general esta correlación: los más reticentes a ser etiquetados suelen ser los menos mediáticos, y a menudo los más interesantes. Los que más aparecen en los medios suelen estar más contentos con ser tildados de izquierdas y progresistas, y también suelen decir más obviedades. En algunos casos provocan vergüenza ajena.

  6. Isidro dice:

    Dani, tienes razón en tus matices. A riesgo de resultar tostón te explico a que me refiero.

    La polémica sobre que o quien es un intelectual de izquierdas y para que sirve, es larga. La planteó Foucault en los años sesenta frente a la tradición engagé de Sartre. Sartre creía la función del intelectual como una especie de vigía moral con licencia para intervenir en todos aquellos concernientes a la “opresión” humana. Es decir, alguien con derecho a hablar de todo. Hoy, sólo egocentricos redomados como Navarro o Saramago (DEP) y, alguna excepción honrosa como Chomsky, asumen esta posición sin sonrojo.

    Frente a esto Foucault creía que el modelo de intervención política del “sabio” tenía que basarse en una investigación prevía. Es decir, un tipo que cuando interviene en público se ciñe a temas que conoce muy muy bien.

    En este caso Foucault gana por goleada a Sartre y este último es el críterio bueno para distinguir al tipo que merece la pena escuchar del opinólogo de turno.

  7. alejo dice:

    Ni le pidan peras al olmo, ni revoluciones a un socialdemócrata. Navarro lo es, está totalmente convencido de ello y ha producido abundantísima literatura, prefectamente estructurada y argumentada apoyando sus tesis: aceptamos capitalismo como animal de compañía siempre y cuando exista un estado que ponga coto a sus desmanes.

    Luego uno se convence de que la socialización de los bienes de producción no sería más que una socialización de los métodos depredadores del capital (ahí te quedas, Karl) y no te digo ya como se te queda el cuerpo cuando lees al eminente barcelonés…

    Recuerden el sustento ideológico que proporciona a las cabeceras donde escribe. Resulta útil. Tampoco busquen escritos subversivos en el entramado mediático-entretenedor y en sus productos de consumo masivo. La inopia mantendrá intacto al sistema.

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