Superproducción

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septiembre 21, 2011 por carlosalonsoromero

Me reconocerán que viene siendo bastante habitual, sobretodo desde que comenzó esta crisis, encontrar artículos en donde un gran experto en ciencias sociales (generalmente con un background marxista) nos explica que el capitalismo lleva consigo unas contradicciones tan grandes que es raro que a fecha de hoy aún no haya implosionado.

La contradicción primordial es que el capitalismo funciona con una determinación suicida en base al estímulo que el plusvalor y los beneficios siempre crecientes suponen para inversionistas y empresarios (ah, y para los “emprendedores”, esa humanización bonachona del empresariado); y que dicho estímulo no se pueden mantener perpetuamente porque a partir de un momento se deberán reducir los salarios para conseguir tal fin, con lo cual se pondrá menos dinero en circulación, y a su vez  se reducirá el consumo y llegaremos al fin a la siempre inminente crisis de superproducción. Es decir: ¿Y ahora qué hago yo con estos cuatrocientos mil automóviles? ¿A quién se los endoso?

Primero se nos pone a producir y luego a consumir lo producido. Este sería el círculo perfecto si no viniese el egoísmo, un valor implícito en el capitalismo, a desequilibrar el ciclo. Quiero más, dice el empresario: ¡que los pepes cobren menos, ya se apañarán! Pe… pero, Sr. Smithers…  ¡Se quedarán sin dinero para comprar sus automóviles!… esta viene a ser la versión michaelmooresca del asunto, en plan Chomsky-for-children. No me negarán que la narración es sólida. Hasta podríamos hacer con ella un corto de animación. Este temor a la superproducción es, además de esencialmente cierto, una narración muy conveniente porque, a la vez que evoca el caos de la sociedad postindustrial, nos concede cierto aliento. Nos da la razón. Saca a la luz un gran sinsentido de la economía actual: producir por producir, sin importar qué o para qué. En cierto modo, da esperanza. Nos permite pensar que al final estos cabrones se estrellarán y tendremos que venir los de abajo a organizarlo todo de una forma mejor…

El problema que existe con esta teoría de “la crisis de superproducción” es que es fundamentalmente incompleta. O más exactamente, que no se trata de una teoría sino simplemente de una variable más (como los principios teóricos de la economía liberal). El temor a la superproducción ha funcionado como un antiestímulo, una crisis de fe. Los más ricos, o buena parte de ellos, han dejado de creer en el capitalismo clásico y en la expansión de la economía de producción. Ello ha contribuido enormemente a la precarización y a la deslocalización en estos últimos veinte años. Y es que durante mucho tiempo, una vez los medios de producción ya se encontraban razonablemente perfeccionados, y ante la imposibilidad de producir más para vender más, la única forma de aumentar beneficios ha consistido en atacar los salarios…  En segundo término, y como consecuencia de este abandono de la industria, se ha desatado la búsqueda de refugios seguros para la reproducción del capital, lo cual ha incentivado la burbuja inmobiliaria y la multiplicación de las sociedades de inversión y los derivados financieros.  En cierto modo, es como si el sentido común –la cabal intuición de que la producción industrial y la tecnologización de su gestión conducen a un exceso de producto- hubiese hecho su trabajo.

Pero fundamentalmente, como decía antes, la crisis de superproducción explica sólo una porción de la realidad económica -la producción-, cuando hace unos cuantos años ya que la producción, el dinero anclado a la fabricación de cosas, ha sido desplazado como eje primordial de creación de riqueza por la titulización, la representación del dinero en productos financieros con cada vez menos anclaje en la riqueza real.

La explicación de la siempre inminente crisis de superproducción da perfecta cuenta del peligro ecológico y social que representa el capitalismo en las democracias progresadas, aquellas en las cuales los que tienen ingresos regulares, los potenciales clientes de la economía de producción, ya tienen cubiertas las principales necesidades (inmueble, comida refrigerada y climatización) e incluso las necesidades aumentadas (el ipad, el curso de tai chi y el ocio planificado). En el resto del mundo, sin embargo, esta teoría funciona sólo como una predicción, y por tanto entra en el terreno de la economía-ficción. Desplacémonos a Asia, por ejemplo, y hagamos conjeturas sobre las probabilidades de implosión, de que esta contradicción de la superproducción termine con el capital cuando hay 800 millones de chinos, 300 millones de paquistanís y 500 millones de indios sin automóviles, refrigeradores y televisiones… Yo no lo veo nada claro. Habrá que esperar 80 años, cuando todos los asiáticos se hayan convertido ya en trabajadores precarios, endeudados y poseedores de todas las comodidades del mundo progresado; entonces sí, ya no habrá nada nuevo que vender y la mitad del mundo se desmoronará. Se suprimirá la producción de miles de millones de cosas, miles de millones de hombres perderán su empleo, escaseará el combustible, horribles mutaciones genéticas pasearán por las calles en busca de cerebros y las plantas se comerán las ciudades… Bueh… Lo cierto es que ni yo ni nadie tiene ni puta idea de lo que pasará dentro de 80 años. Igual se sigue produciendo a lo burro porque se ha desarrollado para entonces una obsolescencia programada instantánea en la que los aparatos electrónicos duren sólo media hora antes de derretirse y caer por entre nuestros dedos… (¡El Sueño de Steve Jobs!).

En realidad, el peligro de la superproducción seguirá siempre allí, e impulsará la desindustrialización de Asia antes de que los expertos se den cuenta. Principalmente, porque los expertos cargan una gran losa ideológica que les impide entender lo que sucede: les mola lo que hay. No sé si por comodidad o falta de imaginación. Observen los principales procesos sociales y económicos negativos que han acontecido a finales del siglo XX y principios del presente y que han desencadenado la crisis: la deslocalización, la financiarización, la precarización… Todo les ha pillado cagando. O mejor dicho: siendo optimistas. Sólo han sido capaces de interpretar la realidad a posteriori. E incluso este diagnóstico forense lo han hecho con el culo. El caso es que, desde que se han abierto las puertas del infierno, ellos sólo han acertado a balbucear las mismas incongruencias basadas en las mismas patrañas neoliberales. Hay que “mejorar la productividad” (como si los países más productivos del mundo hubiesen escapado a la crisis), hay que “invertir en I+D+I” (como si fuera necesaria la mejora de procesos de producción que ya producen de forma suficientemente rápida), hay que “regular el tráfico financiero” (como si fuese posible devolver todo el capital inventado, todas esas representaciones financieras absurdas que multiplican por 20 el PIB mundial, a la forma primitiva de la “acción” sobre una empresa), necesitamos más “emprendedores” (¿¡más empresas, pero sois gilipollas o qué!?). Etcétera, etcétera.

La forma de atajar esta huida hacia adelante ya la conocemos casi todos (menos, al parecer, los expertos). Es muy fácil: repartir la riqueza, trabajar menos, consumir menos y vivir mejor. Pero torciendo el cuello hacia atrás y observando en manos de quién estamos, ya no me parece tan fácil… me temo que habrá que esperar a que haya unos cuantos millones de víctimas más…

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2 pensamientos en “Superproducción

  1. yo creo que kaká y ozil pueden jugar juntos, incluso en un 4-1-4-1.

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