Tres notas sobre soberanía, esquizofrenia y odio

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febrero 21, 2013 por carlosalonsoromero

1. Normalmente, en los arreglos Estado-Capital, aunque éstos no lleguen a buen puerto, se guarda la compostura. El empresario que busca subvenciones, descuentos o vista gorda con las condiciones laborales o las contribuciones fiscales firma un acuerdo tácito con el partido en el poder y sus dirigentes: éstos podrán ir a asesorar a dicha empresa y recoger lo sembrado cuando se termine su carrera política. De hecho, según la magnitud del acuerdo, podrán recoger los frutos incluso antes. Discreción y  handshakes. Así es relación simbiótica Estado-Capital. Entendido esto, sorprenden mucho los choques entre estos dos aliados naturales, como este que se ha producido recientemente en Francia. Para entender porqué un garrulo de Des Moines puede chulear al Ministro de Industria francés hay que recitar unos minutos el mantra sagrado de la teoría liberal: libre circulación de capital, mercancías y trabajadores. Desde luego, cuesta de entender que cualquier empresario pueda hacerle un siete a la soberanía de un país y regodearse de que, igualmente, de una forma u otra, va a terminar sacándole la pasta a sus ciudadanos. Con lo fácil que sería instaurar un sencilla norma: no fabricas = no vendes. Quieres el dinero de 60 millones de franceses, pues te jodes y pones la fábrica donde yo te diga. Y ahora ladra, muy bien, da vueltas por el suelo. Bien, buen chico, cómete la galletita. No sé si estoy fuera de la realidad, pero me parece una política muy fácil de implementar. Y además, debe dar un gusto horrible mearse en la cara de un tipo como Maurice Taylor.

2. Otra cosa que da para sorpresa, escarnio, befa, risa, asco y un poco todas estas reacciones juntas: la esquizofrenia del PSOE. Y no pienso regodearme en el episodio que mejor ha retratado su desconexión: el llanto de Talegón. Se me ocurre que la mejor forma de remediar la incomprensión de sus juventudes y dirigentes más progres es llevarlos de la manita a una hemeroteca, empezar a sacar periódicos antiguos (y no tan antiguos), leerles en voz alta las noticias y explicarles que entonces, cuando sucedía todo aquello, aquella inmensa sinergia entre corporaciones y acción política, era su partido quien gobernaba. Joder, parece que hayan estado en un bunker veinte años y que acaben de sacarlos a la luz. Es demasiado tarde como para hacerse el loco y decir que aquellos eran otros: otros dirigentes, otros tiempos. NO. Eran exactamente estos. Estos tiempos, estos apellidos. Si uno repasa los nombres de los actuales barones del PSOE enseguida le viene a la cabeza una reforma legal para agilización del proceso para los desahucios, una reforma laboral para abaratar el despido o un par de abertxales enterrados en cal viva. La única solución es que se disuelvan ya de una vez por todas. Son una vergüenza para el socialismo y para cualquier idea vagamente relacionada con la izquierda y la justicia social.

3. Recientemente estuve en Edimburgo degustando una cantidad inigualable de real ales suculentas, y frente a un pub fantástico, The Peertree House, encontré una librería muy bien surtida y muy centrada en la cuestión social. En su escaparate estaba esta camiseta:

Imagen

Me hizo pensar en los estadistas de los 80 (el Señor X, Tatcher, Reagan, Pujol…), el declive de la cultura obrera y en el inicio de la contrarrevolución y el ataque a los salarios. Pensé a continuación que, sea lo que sea que estén haciendo los dirigentes de ahora, no tienen ni la mitad del Coeficiente AOH (Astucia Orientada a la Hijoputez) que tenían los dirigentes de entonces. Podría ser, no crean que no lo he pensado, que se tratase de una paranoia nostálgica absolutamente personal que me hiciese confundir  mis veinte, un momento para mí central y trascendente, con los momentos políticamente más relevantes de los últimos 35 años. También, y esto es lo que me parece más cabal, puede ser que en un contexto como el actual, de política sin opciones, de instituciones sin representatividad, la hijoputez se haya elevado a las estructuras (o “calcificado”, como les gusta decir ahora a los periodistas), haciendo de los estadistas actuales meros autómatas, sin poder de decisión, que simplemente unen los puntos con un lápiz… Seguimos odiando a la puta Tacher, sí. Y a Pujol, y a Reagan, y al cabron de Felipe González. Y a tenor de los años que han pasado desde que todos estos perlas nos hundieron esta situación, no creo que el odio se nos pase ya nunca.

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